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La Leyenda de San Baudelio

Las calendas del año mil no sólo dieron pie a un mundo de temores, de horribles presagios y oscuros cabalismos. También alumbraron signos de esperanza que, como en este relato, mostraban las señales que podían orientar la búsqueda del paraíso perdido, la tierra de promisión que sólo los hombres justos y virtuosos, unidos de nuevo, lograrían ver.

La historia que se relata comienza en la noche en que un vértigo de estrellas despertó a los jóvenes Ismael y Omar mientras dormitaban en sus propios lugares bajo la sombra de una palmera protectora. El uno, a la orilla del Mediterráneo; el otro en uno de esos mares de arena que inundan las lejanas tierras de Sahel.

Escalera y mezquitaUn extraño resplandor fue iluminando sus espíritus y sus pupilas, como anuncio del mensaje que el Alto Emisario les transmitía desde el cielo. Omar e Ismael -musulmán el uno, cristiano el otro- habían sido elegidos, por su pureza de corazón, para vivir un reencuentro solidario en un escenario muy alejado del que entonces se encontraban.

Ismael iba a ser el visionario guardián del Santo Grial, que encontraría en Montsalvatch, un lugar mítico de la geografía de la antigua Hispania.

Omar sería el guardián del Kausar, la fuente del paraíso mahometano donde nacen todos los ríos. De el brotaba el agua purificadora y curativa para todas las dolencias del espíritu humano.

Aquel resplandor azulado que les deslumbró e iluminó a un tiempo invitaba a seguir un camino iniciático, tal vez un laberinto en el que perderse para al final poder encontrarse a sí mismos y comprender además el verdadero sentido de las cosas y de la vida.

Perseguidos por Azrael -el ángel de lam uerta en la cultura islámica, y uno de los ángeles malditos de la corte de Lucifer en la cristiana, Omar e Ismael transitaron por desiertos y valles, cordilleras y páramos, hasta arribar a las tierras de San Baudelio, un paraje mítico y de leyenda, en el que desde antiguo asentó la tradición del lugar.

Allí encontraron refugio y acomodo en la gruta habitada por un anciano eremita seguidor de las enseñanzas del mártir Baudelio. Depositario y símbolo de una sabiduría secular, el viejo anacoreta explicó a los jóvenes el sentido del viaje que habían emmprendido. En aquel paraje solitario, alejado de las guerras y las pestes, Omar e Ismael se encontraban para edificar, bajo el símbolo de la piedra cúbica, un templo que iba a albergar, en una especie de mestizaje espiritual y estético, el alma y la esencia de sus culturas.

Al abrigo de las palabras del anciano ermitaño, los dos jóvenes se dispusieron, primero, a relatar su viaje como aventura.

Omar narró cómo un día que caminaba por el desierto, fatigado y exhausto, vio, en medio de su ilimitada y muda extensión, una ciudad de espléndida belleza. Llegado a ella, atravesó las enormes puertas que la ocultaban, y entre el silencio de sus palacios y jardines encontró a un derviche que le contó dónde se hallaba: en la ciudad de Irem, réplica del paraíso celestial de Allah, edificada por Sheddad, bisnieto de Noé. Aquella estancia sólo ofrecía su grandez y sus mejores frutos a los caminantes escogidos. El derviche, especie de monje musulmán, le anunció saludables augurios.

«Eres un peregrino del amor en busca de las huellas del destino de las gentes de tu pueblo. Tu misión es aunar, en estos tiempos de luchas fraticidas y de desdichas, el espíritu de las culturas ahora enfrentadas.

Siguiendo la senda que las estrellas irán abriendo a tu paso para ti, llegarás a una tierra fronteriza, iluminada por un íntimo esplendor, donde encontrarás a tu hermano. En este rincón exótico, liberado ya de las luchas por su dominio, construiréis los dos el templo de la unidad y la convivencia de todas las almas de buena voluntad.»

San BaudelioAntes de abandonar la ciudad, el derviche entregó a Omar un báculo de madera labrado con jeroglíficos que parecían como incrustaciones de marfil. La lectura, el descifrado, de este báculo guiaría al caminante en su viaje y le proporcionaría las claves para encontrar al fin la fuente de la vida o selsebil, el Kausar que debía buscar y custodiar.

Ismael, por su parte, relató, lleno de emoción, cómo el espíritu de Titurel, el primer guardián del Grila, le siguió por los bosques y ciudades encantadas que fue encontrando en su camino. También recordó cómo una noche vio un castillo de grandes dimensiones, al que fue invitado a entrar en silencio por Titurel.

Al modo de un viajero errante, situado casi fuera de la existencia del tiempo, Ismael paseó entre sus estancias bajo la sensación de que iba robando salas a un laberinto, que le condujo al fin al salón en el que doce guerreros orantes custodiaban un extraño tabernáculo con forma de rosacruz, de cuyo interior brotaban misteriosos resplandores. Ante aquella contemplación del Grial, el joven sintió cómo se calmaban, una a una, todas sus heridas y cómo se apaciguaban sus angustias. Liberado ya de los enigmas del camino, comprendió ahora el significado de las crípticas grafías que decoraban la copa y se vio sumido como en un río de aguas serenas e invisibles.

Aquellas escrituras le indicaron la clave para seguir la estela de Montsalvach hasta los espacios de una tierra mítica, en la que se encontraría con un alma gemela, con la que sintonizaría para construir un templo común, una especie de santuario eregido a la memoria de Dios por los hombres de todas las culturas.

Extrañado, sin palabras, el anciano ermitaño escuchaba. Omar e Ismael observaron que su rostro se iba transfigurando. En aquella vivencia casi mágica, los jóvenes volvieron a entrever los rostros del Alto Emisario, del derviche, de Titurel y de los doce guardianes del castillo. En su faz se marcaban los signos de los tiempos de intolerancia, las huellas de su herencia de dolor. Pero también surgían en ella gestos de sabiduría y de bondad, las marcas que invitaban de nuevo al reencuentro con la primigenia unidad y al feliz mestizaje.

Lograda la paz por tan maravillosa metamorfosis del espíritu, a Ismael le pareció ver suspendido en el aire, como sujeto por manos invisibles, el Santo Grial, mientras Omar oía cantar en el corazón del manantial al muecín de Allah. Ambos, hermanados ya en el Camino y en la Enseñanza, acordaron construir juntos un templo donde albergar la Copa y donde guarecer la voz del alma de Allah. Y así lo hicieron.

El viejo eremita, depositario de la Sabiduría, les mostró, desde su silencio estelar, las tablas portadoras de la ley de Yahvé y de la ley de Allah, que tomaron la forma de un libro con signos y jeroglíficos impresos que giraban en un movimiento espiral como si rotaran con su mensaje por el torbellino de los siglos.

Así había sido ofrendado el libro de la Sabiduría por los sacerdotes del templo de Eleusis a Salomón y a los constructores de las pirámides. Aquel texto también llegó a manos de los monjes tibetanos y de los indios precolombinos, y hasta entró a formar parte de la biblioteca de Shambala, la mítica ciudad de los dioses. Al-Mamun, califa de Bagdad, había edificado para acoger este libro la mayor biblioteca del saber antiguo que existiera en el mundo conocido desde la de Alejandría, la Bayt-al-Hikma o Casa de la Sabiduría.

En aquella biblioteca aprenció el anciano ermitaño de San Baudelio la geografía de los cuerpos celestes y la geometría aúrea de la arquitectura de los templos, conforme a la cual tenía que ser erigida la nueva iglesia en un lugar de las tierras de Berlanga batido por todos los vientos y abierto a todas las culturas.

El templo se construyó con dos cubos. La forma cúbica simbolizaba la perfección y firmeza de toda obra cuadrada. Como eje central que diera soporte, orden y belleza a la bóveda se eligió la palmera. Ella había sido el árbol que cuidó el sueño de Omar y de Ismael durante la noche de la revelación. De apariencia delicada y frágil, la palmera pudo sobrevivir durante milenios en los desiertos, y ni el Sigmund, el espíritu del viento cautivo en los arenales, pudo derribarla. Entre los cristianos, la palmera fue el árbol sagrado y paradisiaco que puede dar cobijo a un oasis interior, y también la planta por la que ascendían los justos hacia la cima del espíritu y la gloria.

Concluida la Gran Obra, el Grial descendió, custodiado por los héroes del Kausar, hasta la pequeña linterna que los dos jóvenes arquitectos habían colocado entre las nervaduras de la palmera. En ese mismo instante, un torrente de luz inundó toda la estancia del templo, bañando con brillo argentino las figuras de Ismael, de Omar y del hospitalario anciano. Un éxtasis colectivo desmintió así la vieja leyenda que aseguraba que sólo los cristianos podían llegar a ver el brillo del Grial. Al tiempo, las huríes, mujeres del paraíso islámico, cantaron bellísimos himnos, que todos escucharon también, negando así la tradición que decía que sólo los grandes guerreros musulmanes podían oírlas.

Desde entonces, los puros de corazón que visitan San Baudelio, o los que bajo la palmera sienten la emoción de vivir con la protección del Gran Arquitecto del Universo, intuyen el misterio que encierra la cámara sagrada y escuchan al eco de la voz del muecín de Allah que llega desde el corazón del manantial.

Nada más se sabe de Omar y de Ismael, porque nunca se ha de revelar el nombre y condición de los guardianes del misterio. Nadie debe preguntar por su país de origen, ni por el viaje que siguieron después de aquella iniciación a la vida en común. Después de todo, sólo importa saber que todos amanecemos bajo el mismo sol y somos acunados en la noche por el mismo vértigo de las estrellas. Así lo recoge el Rubaiyat, y así se lo dijo también Tristán a Isolda cuando le preguntó por su nombre y por su origen.

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