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Cafe de puchero

Café de puchero«No había cafeteras. Alguna conseguí ver -vasija expresa para hacer café; no cafetera a presión, en modo alguno- construída de manera artesana. Cafetera se llamaba, entonces, a aquella preciosa vasija de porcelana blanca, de asa azulada o negra, con gracias tapa incorporada y movible, y un elegante caño en forma de ese, que terminaba en boca de serpiente.

Esta era la cafetera, como vasija utilizada para servir el café desde allí a las tacitas de china o en los pocillos de vidrio o de cristal.

Pero el café se hacía en el puchero. Y de ahí que todavía queda la expresión "café de puchero", para distinguirlo del café concentrado o del café éxpres, obtenido, naturalmente, con cafeteras industriales o familiares a presión. La publicidad nos las pasa diariamente, utilizando todos los medios posibles.

La olla de barro o el puchero se arrimaba a la lumbre lleno de agua y cuando borbollaba -entre tanto, se había molido el café, mal molido, muy grueso, con aquellos molinillos de mano de madera- y se echaban tantas cucharadas como personas iban a tomar la cafetera infusión. Y así, el agua se ennegrecía enormemente, y dejaba de hervir por la presencia de una substancia fría, sólida y densa. Entonces, con cuchara de palo, se daban vueltas intermintentemente a aquel agua negra, que cada vez tomaban más color, oscureciéndose más. Y llegaba ahora, cuando ya volvía a hervir de nuevo, un importante y sublime instante: torrefactar la mezcla, que consistía en coger con las tenazas una rolliza brasa de roble, soplarle todas sus caras, para aliviarlas de ceniza, y dejarla caer en el puchero, con lo que, naturalmente, el ascua se apagaba convirtiéndose en carbón, y decían las cocineras -aquellas increíbles y nunca bien ponderas cocineras rurales- que el café había adquirido su junto punto de sabor a café, y por supuesto -añadiríamos ahora, distinguiendo el aroma, el gusto que tiene el café exprés, de aquél insípido, un poco agua-dulce y turbia, que era el café que tomábamos- que había adquirido el justo punto de sabor a "café de puchero".

Se tapa la vasija que continuaba arrimada a la lumbre, algún breve tiempo, con la tapadera de barro. Seguía hirviendo con tizón y todo, y luego se colaba y se pasaba a la cafetera descrita, esa cafetera de porcelana con caño de serpiente, para servirse en las tacitas de china o pocillos y en los vasitos de vidrio y de cristal.

Era el café de la hermandad en el medio aldeano, de los años de nuestros recuerdos más lejanos, y que no podía ser más que el "café de puchero", torrefactado con la mejor ascua de la lumbre.»

«Memorial de Soria» de Miguel Moreno

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